Como decía en la entrada anterior, para saber cuánto puede costar una traducción, nos interesa saber cuánto cuesta el tiempo del traductor. También había comentado que no todos los traductores cobran lo mismo, por lo que responder a esta pregunta no es nada sencillo.
Antes de hablar de tarifas concretas, haré un breve análisis de lo que cuesta el tiempo de otros profesionales. Las cifras que figuran a continuación se basan en una búsqueda en Internet combinada con mi experiencia personal. No me cabe ninguna duda de que habrá profesionales que cobren bastante más y bastante menos, pero creo que, como ejemplo, nos valen las siguientes tarifas:
- Personal de limpieza a domicilio: 10 €/hora.
- Fontanero: 20-30 €/hora + desplazamiento.
- Abogado: 50-60 €/hora.
- Médico: 60 €/consulta.
Lo primero que salta a la vista es que hay grandes diferencias dependiendo de la actividad: el personal de limpieza es el que menos cobra, lo que tiene su lógica teniendo en cuenta que no hace falta formación de ningún tipo para trabajar limpiando casas. El fontanero, que tiene formación técnica, cobra algo más y los abogados o los médicos, que tienen formación universitaria superior, son los que más cobran en esta escala.
¿Es lógico que la tarifa horaria de los titulados superiores sea más elevada que la de aquellas personas que carecen de formación? Desde mi punto de vista, sí. En primer lugar, los titulados superiores han tenido que invertir mucho más tiempo y dinero para llegar a ejercer su profesión. En segundo lugar, no basta con obtener la titulación, sino que todo profesional que se precie intenta mantener sus conocimientos al día, algo que implica dedicar horas de su tiempo a la lectura de publicaciones especializadas o a la asistencia a actividades de formación, por poner un par de ejemplos. Además, debe invertir dinero en el equipamiento necesario para el ejercicio de su actividad.
Volvamos ahora a los traductores. Aunque la traducción no es una profesión regulada, la gran mayoría de los traductores tiene estudios superiores, ya que el ejercicio profesional no exige únicamente el conocimiento profundo de las lenguas de trabajo, sino también el conocimiento de las culturas de dichas lenguas y de los campos de especialidad en los que trabaja el traductor, así como de una serie de herramientas informáticas que le ayudan en su labor. No se trata, como algunos creen, de una actividad que cualquiera pueda llevar a cabo con la ayuda de un diccionario.
¿Le parece lógico dejar la traducción de un documento importante en manos de alguien que cobra lo mismo que una persona que se dedica a limpiar casas? Pues eso será más o menos lo que cobrará por hora un traductor al que pague 3 céntimos por palabra. Sin embargo, en realidad, estará ganando bastante menos, ya que, además de pagar la cuota de la seguridad social, un traductor autónomo no puede trabajar sin ordenador, programas informáticos, teléfono e Internet, mobiliario de oficina, diccionarios…
Desde mi punto de vista, es difícil que un traductor se gane la vida traduciendo si cobra menos de 25 € por hora (aunque lo ideal sería que cobrase más). Si no llega a esa cantidad, lo más probable es que se vea obligado a prolongar su jornada laboral o a buscar otra fuente de ingresos. Si opta por la primera opción, el cansancio provocará que la calidad de su trabajo vaya disminuyendo. Y, si la traducción se convierte en una actividad complementaria y mal retribuida, lo más probable es que se centre en la actividad que le proporciona unos ingresos suficientes y descuide la traducción. También existe la opción de tener una tarifa por palabra baja y aumentar el ritmo de trabajo (como mencioné en la primera parte, lo habitual es traducir unas 2500 palabras al día); sin embargo, las prisas no son compatibles con la calidad y hacen cometer errores.
¿Y por qué hay traductores que trabajan por tarifas que no les permiten vivir de la traducción? En muchos casos se trata de personas que están empezando y que todavía viven con sus padres; su principal objetivo es conseguir experiencia y, dado que tienen quien los mantenga, el hecho de ganar poco dinero no les supone un problema. En otros casos son personas que han establecido su tarifa sin analizar previamente su rentabilidad; con frecuencia abandonan la actividad al poco tiempo y contribuyen a fomentar la falsa idea de que no se puede vivir de la traducción. También están los que traducen como pasatiempo a cambio de la cantidad que el cliente quiera pagarles. Y, por supuesto, aquellos que trabajan en negro, sin pagar la cuota de la seguridad social ni declarar sus ingresos.
Es lógico querer gastar lo menos posible (al fin y al cabo, todos lo hacemos en nuestro día a día), pero, si necesita traducir un documento, plantéese si realmente es en la calidad de la traducción donde debe ahorrar.