¿Cuánto cuesta una traducción? (y II)

Como decía en la entrada anterior, para saber cuánto puede costar una traducción, nos interesa saber cuánto cuesta el tiempo del traductor. También había comentado que no todos los traductores cobran lo mismo, por lo que responder a esta pregunta no es nada sencillo.

Antes de hablar de tarifas concretas, haré un breve análisis de lo que cuesta el tiempo de otros profesionales. Las cifras que figuran a continuación se basan en una búsqueda en Internet combinada con mi experiencia personal. No me cabe ninguna duda de que habrá profesionales que cobren bastante más y bastante menos, pero creo que, como ejemplo, nos valen las siguientes tarifas:

  • Personal de limpieza a domicilio: 10 €/hora.
  • Fontanero: 20-30 €/hora + desplazamiento.
  • Abogado: 50-60 €/hora.
  • Médico: 60 €/consulta.

Lo primero que salta a la vista es que hay grandes diferencias dependiendo de la actividad: el personal de limpieza es el que menos cobra, lo que tiene su lógica teniendo en cuenta que no hace falta formación de ningún tipo para trabajar limpiando casas. El fontanero, que tiene formación técnica, cobra algo más y los abogados o los médicos, que tienen formación universitaria superior, son los que más cobran en esta escala.

¿Es lógico que la tarifa horaria de los titulados superiores sea más elevada que la de aquellas personas que carecen de formación? Desde mi punto de vista, sí. En primer lugar, los titulados superiores han tenido que invertir mucho más tiempo y dinero para llegar a ejercer su profesión. En segundo lugar, no basta con obtener la titulación, sino que todo profesional que se precie intenta mantener sus conocimientos al día, algo que implica dedicar horas de su tiempo a la lectura de publicaciones especializadas o a la asistencia a actividades de formación, por poner un par de ejemplos. Además, debe invertir dinero en el equipamiento necesario para el ejercicio de su actividad.

Volvamos ahora a los traductores. Aunque la traducción no es una profesión regulada, la gran mayoría de los traductores tiene estudios superiores, ya que el ejercicio profesional no exige únicamente el conocimiento profundo de las lenguas de trabajo, sino también el conocimiento de las culturas de dichas lenguas y de los campos de especialidad en los que trabaja el traductor, así como de una serie de herramientas informáticas que le ayudan en su labor. No se trata, como algunos creen, de una actividad que cualquiera pueda llevar a cabo con la ayuda de un diccionario.

¿Le parece lógico dejar la traducción de un documento importante en manos de alguien que cobra lo mismo que una persona que se dedica a limpiar casas? Pues eso será más o menos lo que cobrará por hora un traductor al que pague 3 céntimos por palabra. Sin embargo, en realidad, estará ganando bastante menos, ya que, además de pagar la cuota de la seguridad social, un traductor autónomo no puede trabajar sin ordenador, programas informáticos, teléfono e Internet, mobiliario de oficina, diccionarios…

Desde mi punto de vista, es difícil que un traductor se gane la vida traduciendo si cobra menos de 25 € por hora (aunque lo ideal sería que cobrase más). Si no llega a esa cantidad, lo más probable es que se vea obligado a prolongar su jornada laboral o a buscar otra fuente de ingresos. Si opta por la primera opción, el cansancio provocará que la calidad de su trabajo vaya disminuyendo. Y, si la traducción se convierte en una actividad complementaria y mal retribuida, lo más probable es que se centre en la actividad que le proporciona unos ingresos suficientes y descuide la traducción. También existe la opción de tener una tarifa por palabra baja y aumentar el ritmo de trabajo (como mencioné en la primera parte, lo habitual es traducir unas 2500 palabras al día); sin embargo, las prisas no son compatibles con la calidad y hacen cometer errores.

¿Y por qué hay traductores que trabajan por tarifas que no les permiten vivir de la traducción? En muchos casos se trata de personas que están empezando y que todavía viven con sus padres; su principal objetivo es conseguir experiencia y, dado que tienen quien los mantenga, el hecho de ganar poco dinero no les supone un problema. En otros casos son personas que han establecido su tarifa sin analizar previamente su rentabilidad; con frecuencia abandonan la actividad al poco tiempo y contribuyen a fomentar la falsa idea de que no se puede vivir de la traducción. También están los que traducen como pasatiempo a cambio de la cantidad que el cliente quiera pagarles. Y, por supuesto, aquellos que trabajan en negro, sin pagar la cuota de la seguridad social ni declarar sus ingresos.

Es lógico querer gastar lo menos posible (al fin y al cabo, todos lo hacemos en nuestro día a día), pero, si necesita traducir un documento, plantéese si realmente es en la calidad de la traducción donde debe ahorrar.

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¿Cuánto cuesta una traducción? (I)

Muchas personas se hacen esa pregunta cuando se ven por primera vez en la necesidad de encargar una traducción. Y lo cierto es que la respuesta no es fácil. En primer lugar, porque, al igual que en otras profesiones, los honorarios pueden variar muchísimo: podemos encontrar desde el segmento «todo a 100» hasta el de «alta costura», pasando por un montón de segmentos intermedios.

A esta variedad de tarifas hay que añadir la diversidad de unidades de tarificación. Así, en España lo más habitual actualmente es cobrar por palabra, pero hay traductores que cobran por palabra del texto original y otros que cobran por palabra traducida; además, en algunos sectores, como la traducción de libros, es habitual cobrar por página (traducida y de un determinado número de caracteres). Y cuando «salimos» a otros países la cosa se complica: en Alemania suele cobrarse por línea (la normalizada es de 55 caracteres, aunque puede variar dependiendo del proveedor), en Italia por cartella de 1500 caracteres, en Brasil por lauda (de un número variable de caracteres), en el Reino Unido e Irlanda por 1000 palabras…

¿Y cuál es el mejor método? En realidad el método es lo de menos, ya que un profesional cobrará prácticamente lo mismo por un mismo trabajo, tome la unidad que tome como base. De hecho, los traductores tenemos en cuenta nuestra productividad y lo que nos interesa, como a cualquier otro profesional, es que nuestros ingresos se adecuen al tiempo invertido en nuestro trabajo: como es lógico, una traducción que nos lleve una hora no va a costar lo mismo que una a la que tengamos que dedicarle una semana.

Pero ¿cómo sabe de antemano un traductor cuánto va a tardar en terminar un encargo? Lo cierto es que nunca puede estar seguro al cien por cien, pero sí que puede hacer cálculos aproximados basándose en el tiempo dedicado a trabajos anteriores de características similares.

En el mundo de la traducción se considera que 2500 palabras diarias es una producción normal; sin embargo, hay trabajos que, por su complejidad, pueden hacer que nos quedemos bastante por debajo de esa cifra y otros con los que conseguiremos superarla con creces.

Entonces, ¿no sería mejor cobrar por el tiempo real invertido? Desde luego, sería más justo para ambas partes, pero lo cierto es que la mayoría de los clientes suele preferir conocer el precio exacto de antemano. Además, de esta forma se evita el riesgo de que el cliente desconfíe del profesional si el tiempo dedicado a la traducción supera el previsto en un principio.

Si partimos de la base de que, al establecer sus tarifas —aunque no resulte evidente por su unidad de tarificación—, el traductor en realidad está cobrando por su tiempo, lo que nos interesará saber entonces es cuánto cuesta el tiempo del traductor. Pero eso se quedará para la siguiente entrega.

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¿Merece la pena asociarse?

Esta es una pregunta que  muchos traductores o traductores en ciernes se plantean en algún momento. La decisión depende en muchos casos de los beneficios inmediatos que el traductor crea que puede obtener, es decir, de los servicios que ofrezca la asociación. Con relativa frecuencia estudiantes de traducción o traductores que no pertenecen a ninguna asociación me preguntan qué ventajas tiene ser socio de Asetrad, asociación a la que pertenezco. Sin embargo, en realidad, lo que quieren saber es si pagar la cuota va a hacer que consigan más trabajo. Y es que muchos ven las asociaciones como clubes en los que se paga una cuota a cambio de una serie de servicios; pero lo cierto es que las asociaciones son mucho más que eso.

Hace años, cuando hacía los cursos de doctorado, realicé una investigación sobre el asociacionismo entre los traductores jurados (aunque no creo que los resultados variasen con otros tipos de traductores) y me llamó la atención el elevado número de encuestados que no pertenecía a ninguna asociación pero consideraba que la labor de las asociaciones es importante para aumentar el reconocimiento de la profesión y que es necesario unir fuerzas. Entonces, ¿por qué muchos traductores tienen en cuenta únicamente los beneficios tangibles que puede ofrecerles una asociación cuando se plantean asociarse?

Supongo que en muchos casos se trata de comodidad (que se muevan otros). De hecho, más de una vez he leído intervenciones en listas de distribución de traductores que no están asociados pero que esperan que las asociaciones actúen por el bien común. Supongo que no se dan cuenta de que, para que las asociaciones funcionen, es necesario que haya voluntarios que trabajen para conseguir que los proyectos salgan adelante. Y los proyectos de las asociaciones no son únicamente los cursos, los descuentos en productos o servicios o la bolsa de trabajo que puedan ofrecer a sus socios, sino muchos otros menos visibles, aunque más importantes a largo plazo, como la lucha por el reconocimiento de la profesión o la defensa de nuestros derechos.

Los traductores hemos trabajado durante mucho tiempo aislados, sin contacto con otros compañeros de profesión, y eso ha provocado que algunos hayan intentado aprovecharse de nosotros. Afortunadamente, hoy en día tenemos asociaciones que no solo nos permiten socializar con nuestros colegas, sino también mantenernos al día de lo que ocurre en el mercado, y que nos ayudan a actuar ante posibles abusos. Así, por ejemplo, en el último año varias asociaciones han colaborado organizando charlas y mesas redondas con el objetivo de informar a los traductores de determinados movimientos preocupantes que se están produciendo en el mercado (empresas que exigen descuentos a sus colaboradores poniendo como excusa la crisis, que piden dinero a los profesionales que quieran formar parte de su base de datos, que les exigen utilizar —previo pago de una cuota— su propia herramienta de traducción asistida…).

Es cierto que todavía hay muchas cosas por hacer, pero solo podremos hacerlas si tenemos asociaciones profesionales fuertes con socios que se impliquen.

 

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Las jornadas de Asetrad en Valencia

El fin de semana pasado Asetrad celebró en Valencia su asamblea general. Como viene siendo habitual, además de la asamblea se organizaron otras actividades: un taller de Word para traductores y correctores impartido por Xosé Castro y una jornada sobre la industrialización de la profesión. Mi vuelo no llegaba a tiempo para el taller de Xosé, pero sí que estuve en la jornada del sábado, que fue todo un éxito.

Fue especialmente emotiva la charla de la magistrada Pilar Luna Jiménez de Parga, flamante socia de honor de Asetrad, que nos habló, entre otras cosas, de la falta de cualificación profesional de muchas de las personas que actúan como intérpretes en los tribunales de la comunidad de Madrid y del perjuicio que esto ocasiona a los acusados. La verdad es que da gusto escuchar a una persona que habla con tanta pasión de un tema al que mucha otra gente da tan poca importancia, a pesar de cómo afecta a los derechos de muchos extranjeros.

El resto de la jornada resultó muy interesante, pero no voy a extenderme, porque ya Pablo Muñoz (con segunda parte), Carolina RodrigoJudith CarreraEmpar ParedesAna Belén Guerrero han escrito al respecto. En mi opinión, lo mejor de estas actividades es que nos permiten salir del aislamiento en el que trabajamos y relacionarnos cara a cara con nuestros compañeros de profesión, con esas personas con las que «hablamos» a diario virtualmente, a través de distintas listas de distribución. Desde el año 2006 no me he perdido ni una asamblea de Asetrad y la verdad es que, aunque siempre vuelvo agotada físicamente por lo intensos que resultan estos fines de semana llenos de actividades, también vuelvo con las pilas recargadas. En una profesión en la que nos pasamos horas solos delante del ordenador, creo que es importantísimo acudir de vez en cuando a actividades en las que podamos socializar con colegas. Me consta que hay gente que no se anima porque no conoce a nadie, pero la única forma de conocer a otros compañeros de profesión es acudir a estos actos. Al principio cuesta, lo sé por experiencia, pero, con el tiempo, cada vez vas conociendo a más gente e incluso haciendo amistades.

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¿Por qué debemos traducir únicamente a nuestra lengua materna?

Cuando alguien ajeno al mundo de la traducción conoce a un traductor, lo más habitual es que le pregunte: «¿Y a qué idiomas traduces?». La respuesta, que en la gran mayoría de los casos es exclusivamente la lengua materna del traductor correspondiente, suele provocar extrañeza en el interlocutor, que inmediatamente pregunta: «¿Y por qué únicamente al español?» (o la lengua que sea). Teniendo en cuenta que se trata de una persona ajena a la profesión, es comprensible que desconozca algo que los profesionales damos por sentado; sin embargo, es curioso que en las facultades en las que se forma a los futuros traductores no aclaren a sus alumnos que la existencia de asignaturas de traducción inversa en los planes de estudios no implica que deban traducir a otras lenguas.

¿Y por qué no debemos traducir a otros idiomas? Creo que la forma más clara de explicarlo es poniendo un ejemplo. Seguro que la mayoría de nosotros conocemos a algún extranjero que habla muy bien nuestra lengua, que incluso nos sorprende y nos da envidia por lo bien que se expresa en un idioma que no es el suyo; sin embargo, por muy bien que se exprese, siempre hay alguna cosa que no acaba de encajar, no porque sea incorrecta gramaticalmente, sino porque no suena natural, porque un nativo la diría de otra forma. ¿No es mucho mejor que cada uno se centre en traducir a la lengua con la que creció? En otros tiempos, cuando no existía Internet y las traducciones se entregaban en mano, era comprensible que algunos traductores tradujeran a lenguas extranjeras, ya que no siempre era posible contar con profesionales nativos, pero hoy no tiene ningún sentido encargarle una traducción a una persona que probablemente producirá un texto que no sonará del todo natural y que podría provocarle extrañeza (o incluso una carcajada) al lector.

Algunos traductores dicen que no les queda otro remedio que hacer inversas, porque no les piden otra cosa; pero, si eso ocurre, es porque están buscando en el lugar equivocado. Tenemos que buscar clientes que necesiten traducciones a nuestra lengua y, en muchos casos, eso implica buscar no solo fuera de la ciudad en la que vivimos, sino también en otros países. Afortunadamente, hoy podemos trabajar con clientes de cualquier parte del mundo, así que la excusa de que el mercado local solo necesita traducciones a otros idiomas ya no es válida. Además, el hecho de ofrecer traducciones a varias lenguas hará que otros traductores,  empresas de traducción o empresas de otro tipo acostumbradas a trabajar con traductores nos vean como novatos (o, peor aun, como poco profesionales). En vez de abrirnos puertas, afirmando que podemos traducir a más de una lengua nos estamos colocando en el peor segmento del mercado: aquel formado por clientes que no valoran la calidad y que lo único que quieren es conseguir la traducción más barata posible. Si lo que queremos es conseguir buenos clientes, tenemos que esforzarnos por ofrecer traducciones de calidad y uno de los factores fundamentales para conseguirlo es traducir a nuestra lengua materna.

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Las «normas» de la traducción jurada

Cada cierto tiempo, algún traductor-intérprete jurado (que así es como nos llamamos desde el 25 de diciembre de 2009) envía un mensaje a una lista de traductores quejándose porque un organismo ha rechazado una traducción suya por cuestiones formales. Y no es que esos traductores no sepan cómo hacer su trabajo, sino que determinadas personas (en muchos casos funcionarios) creen que las traducciones juradas deben cumplir unos requisitos que no lo son. En algunos casos, rechazan las traducciones que no vayan cosidas a una copia del original y con el sello entre el original y la traducción; en otros, te dicen que la traducción tiene que ir legalizada, con variantes respecto al organismo legalizador; en otros, las rechazan por no ir en papel timbrado… Pero no existe ninguna norma en la que figure ninguno de esos requisitos. Entonces, ¿por qué nos piden esas cosas?

Gran parte de la culpa es de algunos traductores, que se empeñan en adornar innecesariamente sus traducciones para que parezcan más oficiales (portada, papel timbrado, lacitos, banderas… son algunos de los elementos que algunos emplean). La utilización de esos elementos innecesarios confunde a los destinatarios de las traducciones, que terminan creyendo que son normas lo que tan solo son preferencias de determinados traductores jurados. Los únicos elementos que deben llevar las traducciones juradas son:

  • la fórmula en la que el traductor certifica la traducción, que figura en el anexo I de la Orden de 8 de febrero de 1996;
  • el sello del traductor-intérprete jurado, conforme al apartado 6 del artículo 7 de dicha orden;
  • la firma del traductor-intérprete jurado.

Esos tres elementos son los únicos necesarios para que una traducción jurada sea válida. En cuanto a la legalización, no es necesaria para las traducciones que vayan a utilizarse en España, donde de por sí tienen carácter oficial.

Pero los traductores jurados no somos los únicos culpables: el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, que es el encargado de dictar las normas respecto a nuestro ejercicio profesional, no ha entrado hasta la fecha en cuestiones relativas a la presentación de las traducciones, por lo que cada traductor hace lo que le parece. Habrá que esperar a que se publique la esperada orden de desarrollo del Real Decreto 2002/2009 para saber si las cosas cambian o siguen como hasta ahora.

Mientras tanto, recomiendo la lectura de las preguntas frecuentes sobre traducción jurada elaboradas por Asetrad.

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De la impaciencia y la comodidad de los novatos

Supongo que la mejor forma de hacerme popular como bloguera no es empezar criticando el comportamiento de algunos novatos, pero creo que una colleja virtual no viene mal de vez en cuando (aunque la verdad es que muchas deberían llevárselas las facultades que «sueltan» a los licenciados en el mundo profesional sin haberlos preparado para lo que se van a encontrar).

Leo en una lista de distribución de traductores el mensaje de una chica que se define como «todavía un poco verde». Está haciendo una traducción inversa y ella misma confiesa que ni siquiera sabe qué significan los términos en español. Entonces, ¿por qué se mete en ese berenjenal? Parece que cree que, para conseguir ganarse la vida como traductora, lo importante es hacer el mayor número de traducciones lo antes posible. Sin embargo, en el mundo profesional, más que la cantidad, lo que importa es la calidad. ¿Y cómo va a producir una traducción de calidad una persona que no sabe qué significa la terminología del texto original y que encima traduce a una lengua que no es la suya? ¿Realmente merece la pena aceptar proyectos con los que nos arriesgamos a que nuestra imagen como profesionales salga perjudicada?

La mayoría de las personas que entra actualmente en el mundo laboral se ha criado en un mundo en el que casi todo es inmediato y no es consciente de que hay cosas que llevan su tiempo, como la búsqueda de trabajo. Incluso para puestos en plantilla, el trabajo no se consigue de un día para otro, así que no queda más remedio que tener paciencia. Aceptar trabajos para los que no estamos preparados por conseguir esa experiencia que en teoría nos hará tener más encargos puede cerrarnos puertas que tal vez nunca vuelvan a abrirse; vale más ir «despacito y con buena letra» y demostrar que la falta de experiencia no tiene por qué ser sinónimo de falta de profesionalidad.

Esa impaciencia muchas veces va unida a un exceso de comodidad: ¿para qué van a molestarse en consultar un diccionario o documentarse, si las listas de distribución están llenas de traductores expertos en mil temas? Es verdad que hay gente que sabe de muchos temas y que hay mucha solidaridad en la profesión, pero los colegas están para ayudarnos como último recurso, no para sacarnos las castañas del fuego; si abusamos de su generosidad, lo único que conseguiremos es que dejen de prestarnos su ayuda y nos tachen de poco profesionales.

Todos hemos sido novatos en algún momento y todos cometemos errores. Lo bueno es que podemos aprender no solo de los nuestros sino también de los de los demás: una mala imagen resulta muy difícil de limpiar, así que lo mejor es evitar ponernos en situaciones que puedan hacernos entrar en el saco de los traductores poco profesionales.

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¿Otro blog sobre traducción?

Eso es lo que llevo mucho tiempo planteándome. ¿No hay ya un montón de blogs estupendos escritos por traductores? La verdad es que sí. De hecho, yo sigo unos cuantos. Entonces, ¿por qué creo otro? Supongo que por muchas razones: porque muchas veces, al leer otros blogs, me quedo con las ganas de escribir algo más que un simple comentario; porque otras, cuando hablo con estudiantes o con recién licenciados, me doy cuenta de lo poco que saben sobre la profesión; porque considero que el intercambio de opiniones es (casi siempre) enriquecedor; porque un blog te permite conseguir más visibilidad como profesional… Así que aquí estoy, empezando este nuevo proyecto, que espero que resulte útil e interesante a sus lectores. ¡Bienvenidos!

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